La esperanza que nos encuentra
Hace varios años, atravesaba una época de dolor insoportable. Acabábamos de salir de México, donde atendíamos a huérfanos y niños vulnerables. Nuestro tiempo allí había terminado. Elegir la salud familiar por encima del ministerio fue una de las decisiones más difíciles que hemos tomado.
No me malinterpreten: la familia siempre está antes que el servicio, pero no teníamos ni idea de si regresar a Estados Unidos realmente ayudaría a nuestra familia.
Ir al campo misionero en México era el sueño de toda nuestra vida. Requirió:
10 años de oración, viajes de visión y misión, y de buscar al Señor para decidir con qué organización serviríamos.
1.5 años de formación de un equipo de socios financieros.
Meses de asistencia a una escuela de idiomas en el país.
Meses de preparación.
Meses de capacitación en el trabajo.
Todo esto para poder vivir y prosperar en un entorno intercultural con nuestros cinco hijos.
Y prosperamos. Durante 4 años.
Hasta que dejamos de hacerlo.
Los problemas de salud mental pueden ser insuperables en cualquier entorno, especialmente en uno extranjero.
Adelantemonos hasta el 2020, vivimos en Colorado, destrozados, enojados, heridos y sin ningún propósito. Solo escribir sobre esto me da náuseas.
Lake City, Colorado, es un lugar de entrañables recuerdos de mi infancia, así que me pareció lógico buscar consuelo en las profundidades de esas montañas, a solo cuatro horas de nuestro nuevo hogar. Mientras paseaba por una pequeña tienda, me encontré con una vela con el aroma más delicioso que jamás haya pasado por mi nariz. Viene en un frasco, hecha a mano en pequeños lotes... y tenía que tenerla. Dejé el dinero y salí con ella firmemente agarrada en mis manos.
Al regresar a mi casa sumida en el caos, no me atreví a encender la vela. En cambio, simplemente abría el frasco, le quitaba la tapa y respiraba profundamente. No puedo explicarlo, pero el aroma se asoció con algo esencial para la vida: la esperanza.
Ahora bien, a menudo se piensa que la esperanza es simplemente otra palabra para la positividad. Sin embargo, la esperanza existe incluso cuando no la sentimos. El libro de Hebreos nos dice que tenemos esta esperanza como ancla.
Una extraña lógica dentro de mí me decía que si mantenía la tapa puesta, podría albergar la esperanza en el frasco y acceder a ella cuando la necesitara con solo quitarla. La quitaba todos los días, durante un tiempo. A veces, varias veces al día.
La vela ha cambiado de lugar varias veces… Mi cómoda. Mi escritorio. La encimera de la cocina. Nunca quise que la esperanza estuviera muy lejos.
Entiendo todos los datos técnicos y biológicos sobre cómo nuestro sentido olfativo (un término sofisticado para el sentido que nos permite oler las cosas) está estrechamente conectado con la amígdala (la parte del cerebro que procesa las emociones). La amígdala busca el peligro cuatro veces por segundo, regulada por las otras partes de nuestro cerebro con mensajes como: «Sí, estamos bien» o «No, esto es malo».
Así que, al oler la vela, me doy cuenta de que algo biológico está sucediendo y me tranquiliza. El aroma baja mi ritmo cardíaco. Puedo comprender todo esto intelectualmente, pero al mismo tiempo, oler esa vela toca un lugar en mi alma que está mucho más allá de la biología.
El Salmo 23:6 nos dice que su bondad y su fiel amor me acompañan todos los días de mi vida. ¿Qué pueden traer su bondad y su fiel amor? La respuesta, en mi época de oscuridad, fue la esperanza. No tengo ninguna duda de que Dios me dio ese pequeño (pero gran) regalo en una época de oscuridad.
Años después, todavía me encuentro abriendo el frasco y encontrando esperanza.
Invito a la esperanza a posarse donde hay un rincón necesitado en mi corazón.
La esperanza llena mis planes del día.
La esperanza se cierne sobre una conversación difícil que surgirá en una hora.
La esperanza apacigua suavemente la ira que siento por tanta pérdida.
La esperanza ve mi miedo al futuro y le dice con firmeza al miedo que se calme.
La esperanza es una Persona. La Persona sabe lo difícil que fue llegar a México y lo difícil que fue irse. Esta Persona de la Esperanza, aunque no está atada a esta tierra, puede usar una vela sencilla y hecha a mano para ayudarme a sentirme… amada, vista, conocida. Y para renovar mi espíritu.
¿Cuál es ese frasco de vela para ti? ¿Cuelga del espejo de tu auto? ¿Está junto a tu cama? ¿Tiene palabras o es más simbólico? ¿Quiénes son las personas de tu comunidad que te recuerdan la esperanza? ¿Sientes un milagro cuando la esperanza aterriza en espacios necesitados?
Te animo, después de leer esto, a hacer algo lentamente. A darte cuenta de que, incluso cuando el mundo, nuestra nación o incluso el mundo que hemos construido no siempre nos da motivos para creer que hay algo más allá de esta época dolorosa, hay espacio para lamentarse. Enciende una vela. Respira hondo. La esperanza está ahí.